viernes, 23 de mayo de 2025

SOEZ COSA EN UN CLAVO (27)


 

XXVII

El hijo de don Alonso, Yáñez Fajardo, no se había hecho vasallo del rey de Aragón. Mientras pudiese, quería seguir siendo castellano y rindiendo pleitesía a su rey Enrique, pues contra él nada tenía el monarca ni sus consejeros. No se sabía cuánto viviría este rey y la suerte podría cambiar para su linaje Fajardo.

Durante su estancia en Benidorm, aprovechó para conocer más sobre la vida de su abuelo, don Martín Fernán Piñero, el caballero del «brazo arremangado». Aprovechaba para preguntarle a su padre y, sobre todo, a su madre, sobre el que fue alcaide de Lorca.

Contadme, doña María, qué sabéis de la batalla del Puerto del Conejo —le preguntó Yáñez a su madre, mientras almorzaban.

—Debió ser en el año de Nuestro Señor de 1434. Estaba yo recién casada con vuestro padre —respondió. Supo tu abuelo que los moros habían hecho daño por Calasparra. Tomando muchos rehenes y apresando numerosas cabezas de ganado. Avisó a los caballeros de Caravaca, con su comendador Garci López de Cárdenas a la cabeza,  para que se le unieran y pudo juntar unos trescientos entre caballeros e infantes.

 —El enemigo era superior en número. Trescientos de a caballo y quinientos de a pie. Y traía la moral muy alta como consecuencia de sus muy importantes y exitosas últimas algaradas —afirmó don Alonso. Pero el capitán Martín supo salir al paso del ejército moro, con igual o más moral. Lo interceptaron y se inició un feroz combate.

—Luego, el moratallero don Francisco Morales, vio al cabecilla moro entre la batalla y se fue a por él —continuó don Alonso. Le atacó en balde, pues su armadura encajó el golpe. Devolvió el sarraceno el ataque, alcanzado y descabalgando a Morales. Pero éste, se rehízo y clavó su lanza en el cuerpo del moro que, malherido, quedó a la merced de la voluntad del caballo que se desbocó y, partió al galope sin control hasta que se despeñó unos cientos de varas más allá, muriendo ambos.

—El capitán don Martín, vuestro abuelo, aprovechó la ocasión para organizar a los suyos y atacar sin cuartel al enemigo, hasta ponerles en desbandada, recuperando al ganado y a los rehenes que habían capturado —dijo doña María.

—Fue una gran victoria. Don Francisco Morales, falleció a resultas de las heridas dos días después. Fue enterrado en el lugar de la batalla, con todos los honores militares, bajo una gran cruz que señalaba su tumba. De ahí que, desde entonces, se denomine a aquel lugar, como Cañada de la Cruz —concluyó don Alonso.

¡Increíble! —exclamó Gonzalo. Esto ha de plasmarse por escrito, para perpetuarlo, Es digno de encomio.

No sorprendió que Gonzalo se sintiese boquiabierto por la narración de la batalla pues, al no recordar nada de su historia anterior, todo le podría parecer asombroso.

—Si os sorprendéis con esta historia, qué no haréis con la batalla de los Cabalgadores —comentó doña María.

—¿Sí? ¡Contad, por favor! —replicó Gonzalo.

—La fama de invicto de don Martín era tal, que llegó hasta Cabilia, en el África del Norte —dijo don Alonso. El rey de Bugía, Ebn-Rahb, supo de las hazañas del caballero del «brazo arremangado», como se había hecho conocer dada su forma de entrar a combate.

—De modo que el caudillo musulmán, hacia el año de Nuestro Señor de 1446,  se embarcó y llegó hasta Vera, donde fue muy bien recibido. Puso en conocimiento de sus intenciones a las autoridades locales, que no eran otras que el vencer al Alcaide de Lorca en batalla —prosiguió— y, aunque se le ofrecieron muchos de a caballo y de a pie, al final se contentó con un importante grupo de guerra de 500 caballos y 600 peones.

Hizo una pausa Fajardo, bebió un poco de vino para aclarar la garganta y continuó: «se adentró el moro con sus hombres de a caballo por la llanura hasta legua y media, más o menos de la ciudad. Al tiempo, los de a pie fueron hacia los pies de la Sierra de Béjar, para que permanecieran allí escondidos. Y, mandó heraldos a Piñero, retándolo al combate».

Gonzalo consideraba apasionante aquellas narraciones. Estaba verdaderamente encantado de encontrarse ante la hija, el yerno y el nieto de don Martín. Se consideró, dentro de su extraña situación, un hombre de suerte. Poder recibir aquella información de testigos tan cualificados, era algo memorable.

El capitán don Martín Fernán Piñero, convocó a los caballeros a golpe de campana, como era habitual en tales casos. Se reunieron en la Plaza de Armas del Castillo lorquino. Una inexpugnable fortaleza que, sobre la base de la alcazaba musulmana, había hecho reconstruir Alfonso X, tras su conquista, reforzando la construcción con las torres del Espolón, la de Guillén Pérez del Pina y la del Homenaje o Alfonsina.

—Pudo reunir don Martín algo más de cien caballeros y cuatrocientos infantes. Se puso al frente de ellos y fue en busca del arrogante Ebn-Rahb. Dispuso que los peones se apostaran cerca de Nogalte, para lo que fueron por la Sierra del Caño y Peñarrubia y él con sus caballeros, marcharon hacia la llanura donde estaban los moros, cerca de un aljibe conocido como de los Cabalgadores —comentó don Alonso.

—Recelaron los caballeros cristianos al ver que eran muy inferiores en número a los moros y meditaron el evitar el enfrentamiento y esperar refuerzos —contó doña María, que narraba los detalles de la historia tal como se la había oído decir a su padre. Mas, don Martín, arremetió con tal ímpetu y arrojo contra el enemigo, que le siguió sin titubear su hueste.

—Buscó el capitán al caudillo moro, al que vio tras una de las líneas. para enfrentarse a él cuerpo a cuerpo, en combate singular —prosiguió don Alonso. Descuidó la defensa mi suegro y recibió un golpe de alfanje en la pierna. Ello hizo que se sintiera henchido de furia y, cubriendo con la adarga su flanco izquierdo, atravesó con su lanza. al caudillo moro y a su caballo, cayendo muertos los dos.

Los de Vera, al contemplar la escena aterrorizados, pusieron pies en polvorosa, huyendo delante de los caballeros cristianos. Mientras, lo infantes, había acorralado a los sarracenos de a pie, tomándolos desprevenidos, a los que, igualmente, hicieron mucho daño. Así ganaba la fama bien merecida mi querido padre, que de la Gloria disfrute —terminó doña María.

 —¡Es impresionante! —exclamó Gonzalo. Verdaderamente magnífico.

Y, realmente lo era. Pero aquellos caballeros, dados a la guerra e invictos en batalla, no lo consideraban tan extraordinario. Era destacable, ciertamente. Pero, no para sentirse tan entusiasmado como se mostraba Gonzalo. Sin duda, su desmemoria le hacía percibir con mayor viveza aquellas hazañas.

domingo, 18 de mayo de 2025

SOEZ COSA ES UN CLAVO (26)


XXVI

El domingo siguiente a la Epifanía de Nuestro Señor, se había establecido como la fecha de juramento de fidelidad de don Alonso y los demás caballeros y escuderos, a don Juan II, como rey de Aragón.

Sobre las once de la mañana, llegó Don Diego Fajardo y su comitiva, a Benidorm. Encabezaba el pendón de su apellido, con las ortigas, seguido del barón de Polop y resto de los caballeros, donceles y escuderos. Vestía don Diego cota de malla y un jubón dorado con franjas verdes a la izquierda y derecha, abajo y arriba, respectivamente, que eran los colores de su apellido. Capa azul, con bordados de oro.

Aguardaba en la plaza mayor, a las puertas de la iglesia de Santa María, don Alonso con don Diego a su derecha, igualmente, con el pendón de Fajardo. Vestía aquel totalmente de blanco, con la cruz de doble brazo en rojo en el pecho y la cota de malla. Capa blanca santiaguista y espada al cinto, le daban un porte impresionante. Le seguían don Pedro Arróniz y sus escuderos, así como las damas y demás séquito.

No estaban ni Leví, ni su hija Raquel. Su condición de judíos les hacía apátridas de facto. Así que no se veían en la necesidad de adoptar una u otra nacionalidad. Eran vecinos de donde se asentaban. Lo que tenía sus ventajas y sus inconvenientes, claro está. La mayor ventaja, era la movilidad, pues podían desplazarse de un sitio a otro sin otra obligación que la de pagar las juderías y otros impuestos que le correspondiesen. La mayor desventaja, su desamparo, pues no tenían defensa alguna de reyes y señores. Simplemente eran tolerada su presencia en un determinado territorio.

Descabalgaron los caballeros y se saludaron con un abrazo don Alonso y don Diego Fajardo. Les recibió, a la entrada de la iglesia, el párroco, revestido para la Misa Mayor.

Se ubicaron en el templo, a lado del Evangelio, don Diego Fajardo y, en el de la Epístola, don Alonso y su cortejo. En la homilía, el sacerdote hizo alusión a la incorporación al reino de Valencia de los nuevos vecinos. A quienes dio formalmente la bienvenida. Y, una vez finalizada la misa, comenzó la ceremonia de vasallaje.

Se arrodillaron don Alonso, don Diego Tudela y don Pedro, ante don Diego Fajardo, que permaneció sentado. Primero, don Alonso, mostró sus manos unidas, que don Diego Fajardo tomó, como representante real, entre las suyas en señal de aceptación, ayudándole a levantarse, al tiempo que él lo hacía.

—Nos, Alonso Fajardo de Porcel Rodríguez de Avilés Mexía y Pacheco, caballero de la Orden de Santiago, presto homenaje y me hago hombre del rey Juan. Besó las manos de su primo, en señal de acatamiento.

—Nos, en nombre de don Juan, duque de Peñafiel, rey de Navarra, rey de Sicilia, rey de Aragón, de Mallorca, de Cerdeña, conde de Barcelona y rey de Valencia, os recibimos y tomamos como su hombre.

Yo, le seré fiel al rey, con fe recta, sin males artes, como un hombre debe serlo para con su señor, sin engaños a sabiendas y a quien defenderé a él y a sus bienes, poniendo a su disposición mis armas y mis recomendaciones —continuó don Alonso.

—Os recibo y tomo por hombre y os beso vuestras manos en señal de la fidelidad que mostráis —afirmó don Diego al momento del osculum, besando ambas muñecas de don Alonso. Os entrego esta tierra, como símbolo de vuestra investidura y aceptamos vuestro vasallaje

Una vez investido don Alonso vasallo del rey don Juan, continuó idéntica ceremonia, con don Pedro Arróniz y don Diego Tudela.

De todo ello, levantó sucinta acta un escribano, que fue remitida posteriormente al rey.

Después de la ceremonia, don Alonso y los suyos ofrecieron un banquete a don Diego. Fue algo ligero, pero suficiente. Se sacrificaron varios corderos que se elaboraron al horno y se acompañó de frutos secos y dulces de miel y turrones.

Durante la comida, ambos Fajardo estuvieron departiendo sobre la seguridad de Benidorm y qué dispositivos quería llevar a cabo don Alonso, para protegerlo.

 He de reforzar la vigilancia en las torres vigía, para que estén, al menos, tres de guardia en cada una de ellas. Para que puedan dar alerta puntual si fuese necesario. Así los tenía yo en mis tierras de la Cruz y resultó bastante efectivo —afirmó don Alonso. Con dos, como están ahora, no tienen el descanso necesario y eso perjudica a la efectividad de los turnos de guardia.

—Me parece muy bien, don Alonso —replicó don Diego.  ¡Necesitáis más fuerza? —preguntó don Diego.

—Haré una leva entre los habitantes de la localidad, para ver quiénes quieren pertenecer a la milicia concejil. Me pondré de acuerdo con el Concejo. Pero con seis hombres me será suficiente —comentó don Alonso.

—De acuerdo. Lo que veáis conveniente. Nadie puede poner en discusión vuestra experiencia y capacidad en las artes de la milicia. Así que si lo creéis conveniente así, que así se haga —replicó don Diego.

—Os tendré al día sobre mis disposiciones en relación la defensa de estas tierras. Mientras esté yo, no triunfará ninguna incursión de moros o de piratas —concluyó el mayor de los Fajardo.

—Tenemos plena confianza en vos, don Alonso. Haced lo que veáis más oportuno. —finalizó de decir don Diego.

Dieron por finalizada la comida y marchó don Diego con su séquito a Polop. Don Alonso y los suyos, ya eran valencianos y, por ende, aragoneses.

Antes de retirarse a sus habitaciones aquella noche, tras el rezo de las completas, don Alonso se dirigió a don Pedro y a don Diego: «estoy muy preocupado por don Lope. No sabemos nada de él y ha tenido tiempo más que suficiente para llegar a entrevistarse con el Obispo-prior y con el rey».

—Es preocupante, don Alonso —dijo Arróniz. Mas ¿qué podemos hacer?

—Nada por el momento. Aguardaremos unos días y si no tenemos noticias de él, habrá que ir a buscarlo. Buenas noches. Que descanséis.

—Buenas noches. Hasta mañana, respondieron los caballeros.

(Continuará...)
 

jueves, 15 de mayo de 2025

SOEZ COSA ES UN CLAVO (25)

 


XXV

Gonzalo, el náufrago, hacía esfuerzos por tratar de recordar su pasado. Procuraba fijarse en todos los detalles, fuesen o no vitales, pero no lo conseguía. Era su mente una gran laguna vacía. No tenía pasado. No tenía historia. 

Solo una cosa creía tener segura: el rostro de doña Jimena lo había visto antes. Le era conocido e, incluso, muy familiar. Cierto que es lo primero que vio al despertar y eso podía condicionarle. Mas estaba seguro de que la conocía. ¿Y cómo? ¿Dónde podía haberlo hecho? ¿Tendría él orígenes caravaqueños? «Mas, de ser así, me conocerían el resto de los que allí vivieron. Y no me reconocen —pensó—, luego no era posible. Sin embargo…»

Además, se sentía muy atraído por su belleza. Por lo que, junto a Rigoberto, que iba a ver a Raquel, solían todas las tardes pasar un buen rato con ellas, desde que Gonzalo se trasladó a la casa de don Alonso, con el resto de los escuderos. Las cortejaban y se hacían de damas de compañía la una a la otra.

A Rigoberto, le había costado volver a entablar conversación con Raquel, después de que ella huyese llorando ahuyentada por la posibilidad de que contrajese matrimonio con otra doncella.

 Así que hablaban de cosas cotidianas. Muchas veces, Rigoberto imaginaba ser un caballero que conseguía grandes victorias, rindiéndolas luego a su señor y a su dama. Y, Raquel, se ensoñaba pensando que ella era la joven elegida, a la que Rigoberto le entregaba sus hazañas.

—¿Sabes una cosa Raquel?

—¿Qué? —contestó la joven.

—Quiero ser armado caballero —le afirmó Rigoberto. Y lo voy a conseguir.

Miró a los ojos de Raquel, he hizo una pausa. Sintió que era el momento idóneo.

—Y quisiera que fueses mi dama.

Raquel quedó abrumada, paralizada, inmóvil. «¡Tantos días esperando ese momento!» Se sentía muy feliz y, al tiempo, muy desgraciada. Ella era judía y no sería bien vista por el resto de los caballeros y damas.

—Pero… —comenzó a decir. Soy semita y eso no lo puedo evitar… No me es posible ser tu dama. Hemos de aceptarlo.

—Sí que podemos —afirmó Rigoberto. Porque tú…

—¿Yo…?

—Puedes convertirte a la Santa Madre Iglesia. Y, como conversa y prometida con un caballero, no habrá problema alguno.

          —¿Y mi padre…? No sé si daría su consentimiento.

—Hablaría con él, para convencerlo. El querrá que tú seas feliz. No se opondrá, ya lo verás —repuso el albéitar.

—Esperemos que no. Aunque no sabría qué decirte en estos momentos —mostró sus dudas Raquel.

Gonzalo trataba a Jimena con suma delicadeza. Era un hombre muy bien educado. No pronunciaba palabra más alta que otra y sus modos y formas, le hacían que todos creyeran que era de una alta familia. De la nobleza, sin duda. Mas, su ausencia de conocimientos en el arte de la guerra o, simplemente, en el hecho de montar a caballo, que no sabía y estaba aprendiendo, hacían muy confuso su origen.

Sabía leer y escribir. Pero prendía muy mal una adarga o una lanza, sin vérsele ducho en los menesteres de las armas. Continuaba siendo un gran enigma.

 Su trato cortés y afable, no obstante, le estaba haciendo mella a doña Jimena, que se iba viendo cautivada por el náufrago. La atracción, pues, era recíproca.

Vestía doña Jimena aquella tarde un tocado en negro, del que brotaban dos velos, a modo de turbante, por los laterales de su cara y rodeaba la barbilla, dejándole el rostro únicamente a la vista. Sus rojos labios, carnosos, eran todo un imán irresistible para Gonzalo.

Se levantó y se dirigió a un lado del atrio, donde un brezo estaba en plena floración. Cortó varias de sus flores y se las acercó a doña Jimena. Las tomó con sus dos manos, que prendió Gonzalo.

—Tomad, señora. Casi tan bellas como vos —dijo el náufrago.

E impulsado por una fuerza irresistible, acercó sus labios a los de la dama. La besó. Y en ese instante vio en su mente, como un fogonazo, a Jimena vestida de blanco, con los velos de novia. Fue una milésima de segundo. Fue como un rayo.

La sorpresa fue enorme para Gonzalo. Fue algo incompresible. Como si ya la hubiese besado con anterioridad. Por lo que la apartó rápidamente de su boca.

Doña Jimena quedó con los ojos cerrados, en un estado embriagador. Sobrepasada por las circunstancias. Nunca había recibido un beso tan dulce, pero, a su vez, tan corto. Abrió los ojos y contemplo el rostro de Gonzalo que mostraba asombro.

—¡¿Qué ha sido eso?! —exclamó Gonzalo.

—¿Qué? —preguntó la dama.

—Al besaros he tenido como una visión. Como si ya antes lo hubiésemos hecho. Y, además, vestíais de blanco, de novia —afirmó el joven. No sé qué fue.

Abrazó entonces a doña Jimena y volvió a besarla. Esta vez con intensidad, apretándola contra sí. No volvió a tener otra visión. Introdujo la lengua en su boca y comprimió su cuerpo contra su pecho, hasta que la dama se zafó del estrujón.

—¡Reportaos, don Gonzalo! —dijo doña Jimena.

—Perdonad, perdonad —dijo abochornado el náufrago.

* * *

Doña Jimena, no podía conciliar el sueño. Recordaba el beso apasionado que le había dado Gonzalo y se sentía dichosa. Percibía el aroma de las flores de brezo que le había regalado.

Oyó unos toques en la puerta de su alcoba. Encendió la vela que estaba en la palmatoria sobre la mesa contigua a la cama, se levantó del lecho y se acercó hasta ella.

—¿Quién es? —preguntó tímidamente.

—Abrid, por favor —dijo Gonzalo.

Corrió el pasador y abrió la puerta. Gonzalo entró en la cámara y la cerró empujando con la pierna, mientras la abrazó y besó con pasión. Jimena no se resistió. Gonzalo, sin dejar un centímetro de su ser sin homenajear con sus labios, acarició sus pechos y la poseyó lentamente, hasta que fueron un solo cuerpo unido.

 (Continuará...).

SOEZ COSA ES UN CLAVO. GALERÍA DE PERSONAJES

 Recreación con inteligencia artificial, de los principales personajes de   SOEZ ES UN CLAVO                ACACIO EL EREMITA .- Personaje...