lunes, 21 de abril de 2025

SOEZ COSA ES UN CLAVO (18)


 

EXILIO

 

 

XVIII

La San Lucas llegó a la rada de poniente de Benidorm al amanecer del tercer día de navegación. Una travesía sin más incidentes que el extraño abordaje a la supuesta nave desaparecida.

Ancló a unos doscientos metros de la orilla de la playa y comenzaron a desembarcar, en primer lugar, a las personas y los enseres. Por último, las bestias. Iban depositando los objetos en la playa, poco más allá de la primera línea, donde se arremolinaban las barcas de los pescadores.

Benidorm era una ciudad joven. Creada con posterioridad a Jaime I. Dependiente de la jurisdicción de Polop y del que Diego Fajardo, primo de don Alonso, era su barón. Gobernaba la localidad Don Juan de Soto. Íntimo de ambos Fajardo. En todo pequeña, había sido objeto de dos grandes ataques de piratas berberiscos en el siglo. Por ello, se encargó a Soto, que era el regidor de Murcia también, de la fortificación de la plaza. Se mejoraron las murallas y se fortaleció la torre del homenaje.

Cuando don Alonso Fajardo pisó tierra, se fundió en un abrazo con don Juan de Soto. Mayor que él, también vestía el hábito de Santiago. Grandes amigos desde hacía muchos años, había aguardado en Benidorm unos días, esperando a Fajardo, para recibirlo y darle alojamiento. Posteriormente regresaría a Murcia, donde diversos asuntos le acuciaban.

—Bienvenido, Don Alonso —le saludó don Juan.

—Mi querido Soto. Mucho me alegra el volver a veros —respondió Fajardo.

Soto saludó también a Arróniz y a Tudela. Esperaba también a Espinosa. A todos les había preparado una amplia casa para que residiesen con comodidad. Se trataba de un palacio a las afueras de la villa. Originariamente del barón de Polop, había sido acomodado y mejorado por Ruy Díaz de Mendoza, que fue señor de la localidad con anterioridad a Soto.

Después de que estuviese desembarcado todo, fueron lentamente hasta la casa. A unos diez minutos andando de la fortaleza. Extramuros. Pero que tardaron casi una hora.

Se aposentaron en el palacio. En las habitaciones centrales, don Alonso y su comitiva. A la izquierda Arróniz y Tudela. Dejaron la derecha reservada para Espinosa y para el resto de la comitiva. Leví, fue instalado en una casa cercana, no más de tres minutos y en ella, se dispuso también el náufrago, que permanecía comatoso. Había sido transportado en una especie de parihuela desde el barco.

Una vez que estuvo toda la impedimenta descargada, y revisados los cofres y baúles, don Alonso pagó el resto al capitán. setenta sueldos que, sumados a los treinta de partida, sumaban cien sueldos por el transporte. Un precio razonable.

Aquella tarde, se reunieron los caballeros en casa de don Alonso. También asistió don Juan de Soto. Los escuderos se sentaron en un segundo plano.

—Es triste veros así, don Alonso. Pero en este lugar estaréis bien y podéis encargaros de la vigilancia del lugar de las incursiones berberiscas. Os lo ruego —dijo don Juan de Soto.

—Cierto que añoraremos nuestras tierras serranas, mi buen don Juan. Pero hemos de aceptar la realidad. El rey don Juan nos ha aceptado y, mientras esté en litigios con el rey Enrique, habremos paz en estas villas. Iremos a ver a don Diego en los próximos días —afirmo don Alonso.

—No comprendo por qué don Enrique no os hizo caso a vuestra carta y se dejó enredar en manos de vuestro primo —reflexionó Tudela.

Yo tampoco lo entiendo, mi buen don Diego. Yo tampoco lo entiendo —afirmó don Alonso.

—La conservo —dijo don Juan— pues el rey me la devolvió después de leerla. La he traído para dárosla.

Tomó la carta don Alonso y comenzó a leerla en voz alta.

«SEÑOR:

A par de muerte me es escribir a vuestra señoría tan larga y tan enojosa escritura: mas como los fechos míos cada día empeoran, y la ira vuestra contra mí crece sin razón y justicia, me es forzoso decir claro a vuestra señoría el fin y determinación mía; y porqvie de ella no puedo huir, mi corazón llora sangre, y por la pena y trabajo que mi alma recibe, me deseo la muerte —comenzó don Alonso.

 Porque, muy alto y poderoso señor, como por todos los sabios se halla, que más vale al hombre ser nacido y condenado que no ser cosa ninguna y no nacer; aunque este caso es duro y fuerte, yo le tengo por bueno; y digo, muy alto señor, que de buenos hechos y malos yo soy el que más ha hecho en vuestros reinos y me he hecho conocido por reinos y señoríos extraños. Los hechos buenos son grandes servicios que yo hice al glorioso señor rey don Juan vuestro padre y a vuestra señoría en vida suya. Los malos después que sois Rey, en defensión mía y de mi honra, a quien soy más obligado que a nadie. En acrecentamiento de vuestra Corona Real, yo señor peleé con la gente de la casa de Granada, que eran mil y doscientos caballeros y seiscientos peones, y llevaba yo doscientos y setenta de a caballo y mil peones, y con el ayuda de Dios y ventura vuestra los vencí, murieron ochocientos caballeros, y entre ellos nueve caudillos, y fueron presos cuatrocientos moros, de que la casa de Granada se destruyó; por cuya causa están los moros en el trabajo que vuestra señoría sabe —llegado aquí, Fajardo tragó saliva. Bebió un poco de vino y prosiguió.

Yo, señor, combatí a Lorca y la entré por fuerza de armas, y la gané y tuve; adonde se prendieron doscientos moros, y hube gran cabalgada, ropa, bestias y ganado. Yo gané a Mojácar, donde se hicieron tan grandes fechos de armas que las calles corrían sangre. Yo, como el negocio era tan grande, requerí, primero que fuese, a Murcia, Almería y otros lugares que me ayudasen y no quisieron; y requerí a vuestra señoría que me mandase dar doscientos de a caballo y no se me dieron; en fin, en aquel hecho hice lo que pude. Yo descerqué el castillo de Cartagena, que vos tenían en toda perdición. Y agora en galardón de estos servicios y otros muchos muy notorios, mandáis hacerme guerra a fuego y sangre y dais sueldo a vuestras gentes por me venir a cercar y destruir. Y esto, señor, lo hó a buena ventura, que más quiero ser muerto de león que corrido de raposo. Mas aunque esto sea, tengo esperanza que Dios que es soberano y muy piadoso habrá de mí piedad y me salvará. Y ahora, señor, por tomar a Dios de mi parte entre vuestra señoría y entre mí, como vasallo y siervo obediente os suplico, y por la pasión de Cristo os requiero, que mandéis cesar el ejército comenzado contra mí; y mirad a mí y a mis servicios con ojos de piedad. Y cuando vuestra señoría contra mí quiera hacer y yo hiciere de servicios contra vos en defensión mía, Dios os lo demande al ánima y al cuerpo, pues vos señor lo causáis. Y no debéis señor aquejarme tanto, pues sabéis que podría dar los castillos que tengo a los moros y ser vasallo del rey de Granada y vivir en mi ley de cristiano como otros hacen con él: aunque puedo bien defender estas fortalezas diez años, en que vuestra señoría conocería el mal consejo que los de vuestro Consejo os dan. Y si tanto vuestra señoría de mi mal grado ha, mándeme comprar lo mío y de mis parientes y criados y poner en Aragón los dineros, que vos valdría más barato, que gastando sueldo contra mí, y a la postre se cumplirían los deseos de quien lo pide, y irnos hemos de vuestros reinos que no consienten buenos en ellos.

Yo señor no soy para ser conquistado de caballeros de Rey, que estoy en este reino solo y no tengo otro reparo sino a vos que sois mi rey y mi señor y siempre llamándome vuestro me defenderé y vuestro nombre en mi boca y de los míos será loado. Y si vos señor me negáis la acara por donde yo error haya de hacer, la destrucción del rey don Rodrigo venga sobre vos y vuestros reinos, y vos la veáis y no la podáis remediar como él hizo. Suplico a vuestra señoría no se enoje de mi escriptura, que el can con rabia a su señor muerde. Miémbrese vuestra señoría de mi agüelo y seis hijos y nietos que habernos vencido diez y ocho batallas campales de moros y ganado trece villas y castillos en acrecentamiento de la corona real de Castilla; porque no debiera de haber por mal empleado lo que habemos. Si vuestra señoría por complacer a algunos de sus reinos me ha hecho males, no por eso quite su gran poder para hacer bienes y mercedes. No para el poder de los reyes en mantener los Grandes, mas en perdonar y hacer de pequeños grandes. Dios no puede ser loado del muerto, del vivo sí, ni menos el condenado le puede servir. Miémbrese vuestra señoría que tengo en mi poder vuestras firmas y sellos para ayudar mi persona y defender lo que tengo. Estas publicaré a do estuviere, y enviaré a reinos cristianos.

O Rey muy virtuoso, soy en toda desesperación por ser así desechado dé vuestra Alteza; soez cosa es un clavo y por él se pierde una herradura, y por una herradura un caballo, y por un caballo un caballero, y por un caballero una hueste y por una hueste una ciudad y un reino. Muy poderoso señor, la Santa Trinidad acreciente la vida y real estado de vuestra señoría, y os muestre el camino de su servicio.

De mis villas de la Cruz a veinte de agosto.»

Se hizo un gran silencio. Los caballeros contuvieron sus lágrimas. Rigoberto, asombrado, prorrumpió en llanto.

 

(Continuará...)

 

         

 

 

 

 

 

 

 

2 comentarios:

  1. Un capítulo como toda la novela, con un gran conocimiento y dominio, con el estilo de escritura de la época, el autor habrá investigado cada detalle que nos ofrece. Gracias a este capítulo yo como lectora, he comprendido el título "Soez... es un clavo", sólo este capítulo y está carta de D.Alonso al rey, ya merece ser leída la novela. Y aún queda hasta su final. Una carta llena de emociones de un servidor del rey y que padece ante el desprecio de este. Emociona y sobrecoge. Excelente Gregorio Piñero.

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  2. Ahhhh. Ya se nos descubrió el porqué del soez clavo...

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