XI
Raquel pasó en vela toda la noche, por no haber regresado su padre a casa ni tener noticias suyas. Nunca había pasado algo así. Si había tenido que asistir a un parto o a un enfermo que le ocupase toda la noche, siempre lo había advertido. No era el caso. Así que se temía que le hubiese sucedido algo muy grave. Incluso lo peor.
Nada más que llegar Jimena, recién entrado el día, fueron en búsqueda de don Alonso que, como suponían, salía de oír la misa matinal.
Cuando la vio Rigoberto, avanzó con rapidez para llegar el primero hasta Raquel, a quien interrogó con la mirada.
—Buenos días. Me urge hablar con don Alonso —le dijo la joven al escudero. Mi padre no ha pasado la noche en casa y estoy muy preocupada.
Rigoberto, igualmente asombrado, acompañó a su amada hasta el corro que habían formado don Alonso y don Diego con algunos otros caballeros santiaguistas de la localidad, que departían amigablemente. A una señal del joven escudero, don Alonso se disculpó y se acercó hasta las damas, sospechando que algo había sucedido que demandaba su intervención.
—¡Qué os atribula? —preguntó directamente dirigiéndose a Raquel.
—Mi padre no ha regresado a casa después de que saliese con la intención de ir a ver a vuesa merced, para comentarle sus planes para con uno de los moros detenidos por la agresión que sufrimos.
—No he visto a vuestro padre desde hace unos días. Ayer no vino a verme. O no llegó a mi residencia, al menos, aunque lo intentara —comentó don Alonso.
—Raquel rompió en llanto. Intentó doña Jiemena, sin éxito, su
consuelo, lo que no le resultó posible.
—Marchad a casa —les indicó Fajardo. Aguardad allí noticias mías. Voy a averiguar qué le ha podido pasar a vuestro padre. Y vos, Rigoberto, acompañadlas y luego id hasta la casa del gobernador, donde estaré.
La mañana era fría y Raquel se encontraba destemplada después de pasar la noche en vela. Al llegar a casa, doña Jimena avivó el brasero, dispuesto en el centro de la habitación principal de la casa, y le sirvió un cuenco con caldo que calentó en el fuego de la cocina, Estaba deshecha. Sorbió el puchero, se sintió confortada y se quedó dormida apoyada su cabeza en el respaldo de la silla caquetoire que solía ocupar.
No había transcurrido media hora, cuando le despertó el golpeo de la aldaba de la puerta de la calle, que abrió doña Jimena. Era un joven paje.
—¿Está el médico? —preguntó a la dueña. Me manda a por él mi señor don Jaime Ibáñez. Ayer trató a su hijo y quiere que lo visite para que compruebe su evolución.
—No está. Y no sabemos dónde puede parar. No regresó a casa ayer —le informó Jimena.
—Gracias, informaré a mi señor. Y se marchó sorprendido.
Aguardaba don Alonso en la antesala, esperando ser recibido por el gobernador, cuando llegó al aposento Ibáñez. Ambos se habían conocido al llegar don Alonso a Orihuela, si bien no se habían tratado mucho.
—Buen día os de Dios, don Alonso —saludó don Jaime. ¿Esperáis a ser recibidos por el gobernador?
—Buen día tenga vuesa merced. Así es. He de tratar con él un asunto de especial interés —le contestó Fajardo.
—Si vuesa merced me hiciese el favor de permitidme tener la audiencia antes que vos. Me trae un asunto de grande urgencia. Leví, el médico judío que ayer salvó a mi hijo de la muerte, ha desaparecido y quiero ponerlo en conocimiento del gobernador para que comience su búsqueda cuanto antes. Puede ser vital —se explicó el señor de Jacarilla.
—El mismo asunto me trae. Así que entraremos juntos a ver al gobernador. Estoy muy preocupado por Leví, a quien conozco desde hace años y he tenido de médico en mis villas de la Cruz —le respondió Fajardo.
Se sorprendió el gobernador al ver entrar a la par a ambos caballeros.
El amplio salón rectangular, tenía al fondo un estrado sobre el que se situaba un sillón de cátedra. De la pared, colgaba un repostero con los palos rojigualdos de Aragón.
—¡Qué se os ofrece al unísono? —preguntó el dirigente, mientras se levantaba, bajaba los peldaños y se acercaba a los hidalgos para departir de pie y junto a ellos.
Contaron don Alonso y don Jaime todo lo que sabían relativo al médico judío.
—Por lo que contáis, es necesario actuar con prontitud. ¡Guardia! ¡Venid! —reaccionó el gobernador avisando al soldado de puerta.
Le ordenó que diere aviso al jefe de la guardia, que llegó a los pocos minutos.
—Es necesario que se movilice una búsqueda sin descanso para el médico judío Leví de Caravaca, al que hemos dado refugio. No se sabe nada de él desde que ayer tarde dio tratamiento al hijo de don Jaime.
—Señor: el médico judío está detenido en la cárcel del rey —contestó el capitán.
—¿Cómo es eso? —preguntó con perplejidad el gobernador, ante el asombro de don Alonso y don Jaime. No adivino a comprender…
—Fue denunciado por no arrodillarse al paso del Viático. Y por dos veces —explicó el militar. Ha sido trasladado ha una hora al Justicia, para que lo procese.
—¡Lleguémonos al juzgado! ¡No perdamos tiempo! Quizá no haya sido juzgado aún —exclamó don Jaime.
Desde unas décadas atrás, los judíos estaban siendo objeto de exclusión social. Proscritos de muchos de los oficios al prohibirles los gremios el ejercerlos, solo los de boticario y de médico, les estaba a su alcance y porque exigían unos conocimientos especialísimos que se transmitían entre ellos. Y no siempre, pues dos siglos atrás, el papa Inocencio III llegó a recomendar que los cristianos no recurrieran a sus prácticas médicas, así como trató de impedir los matrimonios mixtos. También ejercían de prestamistas lo que, sin duda, les empeoraba la reputación si bien, dados los importantes beneficios que, por vía de impuestos, proporcionaban a nobles y monarcas, fue causa de su subsistencia.
El ayuntamiento de Orihuela tenía en vigor una Ordenanza, por la que judíos y musulmanes (tanto residentes como transeúntes) estaban obligados a arrodillarse cada vez que las campanas anunciaran que en las iglesias se elevaba el cuerpo de Cristo, al oir la señal de la Oración de la Hora Mayor de Vísperas, así como cuando se encontraran ante el Santísimo Sacramento o vieran a la Cruz o el paso del Viático por la ciudad. Como habitualmente hacían los católicos.
Leví había inclinado respetuosamente su cabeza al paso del Viático, pero no se había arrodillado y, probablemente por algún componente del cortejo, fue denunciado. La multa era de cinco sueldos valencianos por cada infracción y su impago suponía cinco días de arresto en la cárcel.
Cuando don Alonso y don Jaime llegaron al edificio que albergaba al juzgado, Leví había sido ya considerado culpable, condenándosele al pago de diez sueldos valencianos, cantidad de la que no disponía, por lo que fue devuelto a la cárcel para cumplir el arresto sustitutorio.
Era una cantidad considerable, pues la moneda imaginaria y nunca acuñada, de un sueldo valenciano, era equivalente a doce dineros de plata.
A diferencia de otros delitos, en este no cabía hacer gracia o remisión de la multa. Sin dudarlo, don Jaime afianzó el pago de los diez sueldos y, mientras regresó a su casa a por los ciento veinte dineros para su pago, Leví fue conducido de nuevo al juzgado para ser puesto en breve en libertad.
Iba sin grilletes, pero con los brazos a la espalda, sujetos por las muñecas con una soga. Al ver a don Alonso, Leví rompió en llanto. Y aún más afligido fue cuando, un rato después, padre e hija se abrazaron bajo los techos de su prestado y temporal hogar.
Nunca más rígido fue aplicado el aforismo jurídico de que ignorantia iuris neminem excusat.
(Continuará...)
Lo primero que quiero expresar hoy, es que me gustaría que todo aquel que esté leyendo esta novela de Gregorio Piñero, a modo "Club de lectura o cualquier otro modo, vertiera sus comentarios. Incluso si son diverntes a los míos. No me gusta ser la única lectora que se anima a escribir algo, porque no soy lingüista, ni especialista en literatura y que hubiera comentarios, nos enriquecería a todos. Incluso podíamos provocar al mismo autor a conocer si nuestras percepciones van más o menos acertadas a descubrir por ejemplo, qué significa. "Soez cosa es un clavo".
ResponderEliminarTras terminar el anterior capítulo con el arresto del médico judío, Leví. Sin saber con certeza porqué la justicia recairía sobre él. Más si cabe, después de habernos ofrecido aspectos de generosidad en la aplicación de la Medicina del S.XV. En este capítulo se desvela que es por un tema religioso. La unidad Estado que se iba fraguando sería religión y política uno sólo. Con la unión católica de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón: "Los Reyes católicos". En la novela se deja ver claramente cómo la sociedad y las leyes se iban aproximando hacia ese objetivo. Y el final que hoy también debemos tener presente, el desconocimiento de la Ley no es excusa para que tengamos obligación de cumplirla. Hoy cada municipio tiene una propia norma, por poner un ejemplo, no digamos las 17 Comunidades autónomas y dos ciudades autónomas, en el ordenamiento político- jurídico actual. Otra vez, un capítulo redondo. Todos los capítulos están contribuyendo a una gran estructura global de la novela.
Qué más decir después de tan acertado análisis del último capítulo..
ResponderEliminar