martes, 1 de abril de 2025

SOEZ COSA ES UN CLAVO (9)

 
 

 IX

 

          Unos días después, llegó a Orihuela la familia de don Pedro Arróniz y su escolta. De este modo, ya estaban todos reunidos. Si el rey don Pedro accedía a admitirles en suelo aragonés, podrían rehacer sus vidas en tierras valencianas, Era necesario aguardar a tener noticias.

          Lo cierto es que los días resultaban excesivamente rutinarios, hasta tediosos podría decirse, en aquella espera de noticias de la Corte aragonesa. Más allá de los oficios eclesiásticos y oraciones, don Alonso y sus caballeros no realizaban actividad alguna. A lo sumo, Don Alonso, se entrevistaba con el delegado del Obispo o con el Gobernador. Preocupante era que la tropa estuviese ociosa. Suponía un riesgo a que se entregaran los soldados al vino y a los juegos de azar, diabólicos entretenimientos que sólo podrían desembocar en altercados y pendencias indeseables. Así que don Pedro Arróniz comentó a don Alonso su intranquilidad por la situación y propuso que la fuerza a su mando se agregase a la de la ciudad para que se aprovecharan en los servicios de patrullas y guardias que fueran menester. Por su parte, tanto don Diego de Tudela, como el propio Arróniz, se emplearían en su instrucción y entrenamiento durante los horarios fuera de servicio, manteniendo el ritmo cuartelero que exige el buen estado de una tropa útil.

          Únicamente Rigoberto parecía estar encantado en aquel tiempo de desocupación, Los largos ratos que disponía libres los pasaba cortejando a Raquel, a quien acompañaba tanto en casa como cuando salía al mercado, hasta el punto de que doña María Piñero, dándose cuenta de la insistencia del escudero y a fin de preservar honra y buen nombre de la muchacha, le designó como dueña a doña Jimena, la viuda de uno de los soldados caravaqueños fallecidos en la batalla de los Alporchones el 17 de marzo  de 1452 y a la que don Alonso cobijó como doméstica de su esposa. Y, aunque Leví hubiese preferido para su hija a una ama judía, condescendió para evitar males mayores.

          Doña Jimena tendría unos veinticinco años. Casó siendo casi una niña con el soldado concejil caravaqueño, Suero de Tarragoya, uno de los pocos hombres de la hueste de Don Alonso, fallecidos en tan importante hecho de armas. Nueve largos años atrás y apenas quince días después de haberse unido en matrimonio. Al enviudar, sin otra salida que profesar en un convento o un matrimonio forzado, fue acogida en la familia Fajardo y tratada por doña María como a una hija más. Y, aun objeto de lascivas miradas de pecadores era considerada dama de gran virtud.

          Don Alonso solicitó nueva audiencia al gobernador, que le fue concedida con inmediatez. Verdaderamente, era raro el día que no despachaban un buen rato, en el que el gobernador pedía consejo a Fajardo y éste le preguntaba por la corona aragonesa y las características de su administración.

          Era don Basilio hombre de complexión fuerte. De cabellos rubios y una incipiente calvicie a sus cuarenta años, lucía una barba bien arreglada por el barbero oficial. La ceremoniosidad con la que el rey Pedro II invistió a su reino, aún permanecía latente con el actual rey, don Juan II y el gobernador oriolano, no desmerecía nunca al protocolo.

          Le transmitió las inquietudes de don Pedro Arróniz sobre la ociosidad de la tropa y su propuesta de que se agregaran temporalmente a las fuerzas locales. El gobernador acogió encantado la idea. Solo le faltaba a la ciudad que se formara una pandilla de alborotadores y pendencieros foráneos. Así que dispusieron lo oportuno para tal agregación temporal hasta que, llegado el caso, don Alonso y sus gentes se marcharan de la localidad.

          Y, precisamente, unos días después, una patrulla de los de Arróniz, capturaron a dos de los malhechores que asaltaron a Leví y a su hija Raquel. El llevar un brazo en cabestrillo delató a uno de ellos cuando, entre Callosa y Catral, pasó la patrulla por una alquería abandonada en la que se refugiaba junto a otro en una de sus barracas. Efectivamente eran de la morería de Crevillente, de la que habían huido tras haber cometido en ella un crimen de sangre, eludiendo a la justicia, como después se supo.  Y, desde entonces, se dedicaron al asalto de viajeros y ratería de haciendas aisladas de campesinos. Fueron trasladados a Orihuela y puestos a buen recaudo en las mazmorras de prevención.

          Se llegaron dos soldados hasta la casa que ocupaba Leví con su hija.

—Creemos que han apresado a dos de vuestros salteadores, os rogamos que nos acompañéis para ver si les reconocéis —dijo uno de ellos al bueno del médico.

—Inmediatamente —contestó el judío. Se echó la capa sobre los hombros y dejó a Raquel con Jimena, quienes estaban quitando las cazcarrias de los bajos de sus vestidos, embarrados en los pasados días de persistentes lluvias.

—No tardaré mucho —les dijo. Veamos si reconozco a esos bandidos.

—Si fuese necesario, tendría que acercarse también su hija para el  reconocimiento —comentó el soldado.

—Esperemos que no haga falta.

Se dirigieron a la cárcel del rey, que estaba junto al cuartel principal de la guarnición de la ciudad y que era jurisdicción del Justicia de Orihuela, quien habría de encargarse de juzgar a los prisioneros.

Al llegar, aguardaron unos minutos a que lo hiciese el escribano, al que habían avisado de que se le necesitaba y, en cuanto llegó, se dirigieron a la celda donde estaban los dos presos. Abrieron la puerta de la mazmorra y Leví pudo contemplar a dos de sus agresores. Para no ser reconocidos, trataron de encubrir sus rostros con uno de los brazos, mas con poco éxito pues, al estar enyugados a cepos que a su vez estaban engarzados en las paredes con gruesas cadenas, no les era posible ocultarlos. El judío los identificó sin duda alguna. Recordaba las facciones de ambos, inmortalizadas en su memoria.

Mientras el escribano redactaba el acta del reconocimiento, en la dependencia de la guardia, Leví examinó la clavícula del que decía llamarse Tariq. Efectivamente estaba fracturada y podría no soldar adecuadamente.  Leví era, ante todo, médico. Así que, cumpliendo con su juramento, pidió que liberaran del yugo el brazo izquierdo del detenido y, tras explorarlo con su gran ojo clínico, le inmovilizó el brazo sobre el pecho con un fuerte y preciso vendaje en ocho, indicándole que no se desprendiera de él durante las seis semanas siguientes. Le prometió que le visitaría con cierta regularidad para ver su evolución.

Tariq no salía de su asombro. Aquel judío al que casi llegó a violar a su hija y que estuvo punto de morir a manos de uno de los de su partida, le curaba y prometía hacerle seguimiento de su evolución. Se sintió abochornado. Personas así eran la prueba viviente de que la bondad también existía. Se prometió que, si salía vivo de este trance con la justicia, nunca más volvería a las fechorías. Miró a los ojos del médico y le agradeció su asistencia médica.

Jazak Allah khayran (que Alá os lo recompense) —le dijo al médico en su algarabía natal.

'Ashkuruk ealaa niatik (os agradezco vuestra intención) —le contestó en su lengua, que bien conocía, Leví.

 Tras firmar el acta de reconocimiento que el escribano había elaborado con rapidez y precisión, encaminó Leví el regreso a casa, meditabundo.  Tariq no tendría más de catorce años. Era un adolescente. ¿Cómo le pudo llevar la vida a esa situación? —se preguntó. Eran aquellos malos tiempos para todos. Para los musulmanes, por a situación en que quedaban tras la reconquista paulatina de los territorios. Para los cristianos por los constantes enfrentamientos entre los nobles entre sí y con el rey. Y para los judíos… Uhm —musitó— quizá nunca hubo buenos tiempos para los judíos.

Y se hizo el firme propósito de pedirle a su hija que perdonase al muchacho y así él intervendría en su favor para que se le condenase a penas más acordes con su edad que las de galeras o la muerte. Pediría a la justicia que fuese puesto bajo su custodia como doméstico a su servicio. Confiaba en poder reinsertarle.

 

(Continuará...)


 

 

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