XXX
Transcurrían los días, los meses, sin sobresaltos. Una vez alcanzado el perdón real, los caballeros estaban tranquilos y se dedicaban a la caza y a holgar, cuando no estaban de guardia.
A punto de llegar la primavera, llegó una noticia importante para Rigoberto: su familia había sido rescatada. Pidió permiso a don Alonso para ir a verlos a Caravaca, hasta Majarazán donde, al parecer, se encontraban, que le fue concedido. Le propuso a Gonzalo que le acompañase. Quizá pudiese recobrar algo de su memoria. Le pareció buena idea.
Prepararon el viaje, se despidieron de Raquel y de doña Jimena y partieron al día siguiente.
—Id con Dios, Gonzalo y Rigoberto. Cuidaos mucho y regresad pronto una vez comprobéis el bienestar de vuestra familia —les dijo don Alfonso.
—Muchísimas gracias —contestó Rigoberto. Llevaremos mucho cuidado. Haremos cuanto antes el recorrido.
Partieron con la intención de hacer noche en Castalla, hacia cuyo castillo se dirigieron. Estaba como a nueve leguas.
Era una fortaleza muy bien fortificada, pues protegía la frontera con Castilla. Perteneció a don Ximen Pérez D'Arenós, importante noble aragonés, consuegro de Vicente Bellvís, que es como se llamó el último rey almohade de Valencia, Ceyt-Abuceyt, una vez convertido al cristianismo.
Llegaron al atardecer. Buscaron hospedaje en la fonda, en la que le facilitaron una habitación doble y le sirvieron una cena propia de tales establecimientos, con poco tocino y mucho caldo.
Ya en sus camas, antes de conciliar el sueño, Rigoberto preguntó a Gonzalo por su relación con doña Jimena. «¿La amáis, don Gonzalo?»
—Con toda mi alma —contestó Gonzalo. ¿Y vos a doña Raquel?
—Muchísimo. Es la mujer de mi vida —respondió Rigoberto.
—¡Por mi dama! Buenas noches.
—¡Por la mía! Que descanséis.
Madrugaron a la mañana siguiente. Mientras desayunaban un tazón con leche y sopas de pan, se unieron a la mesa otros dos viajeros. Que también habían pernoctado en aquella fonda.
—Buenos días os de Dios—saludó uno de ellos.
—Buenos días tengan vuesas mercedes —dijo el otro.
—Buenos días —respondieron casi al unísono Rigoberto y Gonzalo.
—¡Cuál es vuestro destino? Si se os puede preguntar —interrogó Gonzalo.
Los viajeros eran padre e hijo, venían de Almansa y se dirigían a Murcia. El padre era maestro de obras y viajaban hasta la capital del reino para dar un impulso final a las obras de la catedral de Santa María, para lo que había sido contratado por el obispo Lope de Ribas.
—Vamos a Caravaca a ver a mi familia, que han sido rescatados con la intermediación de los mercedarios, gracias a Dios Nuestro Señor —intervino Rigoberto. Si os place, podemos hacer el trayecto juntos hasta Molina la Seca.
—Bueno es para los cuatro, pues nos será más fácil ahuyentar a los asaltantes de caminos, si es que los encontramos —contestó el padre.
Los cuatro jinetes, una vez llenaron sus alforjas para comer en frío, abonaron sus respectivas cuentas y marcharon tras aparejar los caballos.
Llegaron a hacer noche a Molina, que era una fortaleza bien pertrechada, con doble muralla. Se alojaron en la posada que, autorizada por el rey Alfonso X, tenía más de doscientos años. Con buenas estancias, estaba regida por la misma familia desde su concesión. Se situaba en la albacara del castillo, entrando en el primer recinto amurallado la izquierda, no muy lejos de la iglesia, construida —como tantas otras— sobre la mezquita musulmana.
Se habían detenido a almorzar, junto al río Segura, más allá de Orihuela. A la sombra de un frondoso nogal. Mientras comían de aquel buen queso y de aquel tocino, entablaron conversación.
—Venimos desde Valladolid —dijo Luis, el padre. Estábamos trabajando en el edificio contiguo a la Casa del Cordón. Mas, en la visita que el obispo Pedro de Castilla realizó a la edificación, se desbarató el andamio y murió en el acto. También murió uno de mis hijos. El mayor, de nombre Alberto.
—Ante tan luctuoso suceso, se paralizaron las obras. Decidimos venir al Sur y alejarnos de aquellos tristes recuerdos —comentó el hijo.
—Una gran desgracia, sin duda —calificó Gonzalo.
—No sabemos cómo pudo producirse. Poco tiempo antes, había estado yo subido en el andamiaje y me pareció seguro —afirmó el maestro de obras.
Se produzco un largo silencio. La sombra del atentado quedó prendida en el ambiente.
El obispo Pedro de Castilla estaba retirado de la política desde la muerte del rey Juan, por lo que no parecía tener enemigos. Estaba dedicado al episcopado y a su familia. Tenia ocho hijos, de dos mujeres distintas. Cuatro de María Fernández Bernal, noble castellana, y cuatro de Isabel Drochelin, miembro de la corte de la reina Catalina.
—Vamos a dirigir las obras de finalización de la Catedral de Murcia. Nos han encargado la fábrica, para que la hagamos conforme a la hechura gótica, sin añadidos ni inventos de esa nueva forma de edificar que viene de Italia —afirmó el maestro.
A la mañana siguiente, separaron sus itinerarios. Padre e hijo se dirigieron a la cercana Murcia y Rigoberto y Gonzalo, siguiendo el curso del río Segura, tomaron el camino de Caravaca.
Fueron directos a Majarazán, dejando a la derecha Caravaca. Allí estaba la familia de Rigoberto; sus padres y sus dos hermanos. También se encontraba su hermana Aldanza que, aunque estaba casada y residía en Caravaca, había ido a ver a sus padres y aguardar la llegada de su hermano. Se fundieron en un gran abrazo.
La vivienda era muy sencilla: un rectángulo en el que la estancia principal servía de cocina y comedor. Tras de él, tres habitaciones albergaban los dormitorios y, por un pasillo, se llegaba a los corrales y caballerizas. En la planta superior, se encontraba la troje.
Todos se encontraban bien, dentro de lo que cabe. Habían adelgazado, pero como ya eran flacos, no podían haber perdido mucho peso con las penurias del secuestro. De todos modos, los musulmanes solían dar buen trato a los rehenes, porque les convenía mantenerlos en buen estado y con vida.
Estaban comenzando a rehacer sus vidas de agricultores. Aunque poseían los aperos y utensilios más necesarios, necesitaban un buey y un asno, como mínimo, para reponer las bestias que habían perdido. También necesitarían unas cabras y gallinas.
La madre, preparó de cena unas liebres en escabeche que el hermano mayor había cazado y, a la mañana siguiente, fueron a Caravaca a comprar el ganado que necesitaban. Rigoberto llevaba fondos suficientes. Había pedido un anticipo de su sueldo a don Alonso.
Rigoberto contó sus experiencias con don Alonso y los liberados sus calamidades durante el secuestro. Se acostaron pronto.
Entraron a Caravaca por la puerta principal, denominada de Santa Ana. En el primer apartamiento, se dirigieron a la plaza del Concejo, donde solían hacerse tratos de compraventa de ganado y acémilas. Rigoberto adquirió para su familia un buey joven, una borrica algo desvencijada, una mula, un pequeño rebaño mixto de cabras y borregas y aves de corral.
Antes
de marcharse, decidieron subir hasta el castillo de dentro y rezar ante la Vera
Cruz. Pasaron el foso y entraron por la torre de la única puerta abierta, acodada,
en la que vigilaba a todas horas la guardia. Vieron algunos edificios
arruinados en su interior y la iglesia de Santa María estaba en muy mal estado.
Llegaron hasta la Torre de la Cruz, en el Este del recinto fortificado, uno de
los catorce torreones que lo componían. Un soldado custodiaba la puerta para
que nadie entrase. Desde la verja exterior, podía venerarse a la Santa Cruz.
—¡Rigoberto! ¿Qué hacéis aquí?
Era Beltrán, el sargento de Torre Jorquera. Había sido destinado a la villa. Era el jefe de la guardia.
—¡Beltrán! ¡Buen amigo! —le respondió el escudero,
Se dieron un fuerte abrazo.
—He venido a ver a mi familia, que ha sido rescatada y a dar gracias a la Vera Cruz —le dijo Rigoberto.
—Muy bien, muy bien. Os habéis hecho todo un hombre —advirtió el bonachón de Beltrán. ¿Queréis ver a la Santa Cruz?
—¿Se puede? Preguntó Gonzalo.
—Es un buen amigo. Tuvo un accidente y perdió la memoria. Gonzalo, me acompaña en el viaje por si puede apreciar algo que la permita recuperarla. Rigoberto presentó a Gonzalo.
—Sois bienvenido —respondió el sargento.
—Hoy
va a abrirse el arca que la contiene, pues ha llegado por primera vez a Caravaca Francisco de
León, visitador y comendador de los bastimentos del campo de Montiel y el nuevo
comendador, Juan Pacheco, procederá a su apertura —explicó el freire. Y eso hicieron Rigoberto y Gonzalo. Aguardaron a que llegase la comitiva que, con toda solemnidad, se situaron en el altar que había en la estrecha Torre, en el centro de la misma y abrieron el cofre. Se trataba de una arqueta con cerradura, donación de Lorenzo Suárez de Figueroa, maestre de Santiago, en 1390. Con la inscripción «Domini Laurentii Çuareii de Figueroa Cruce Tecam Precepii Veri Notuum», cuatro bisagras permitían la apertura de sus dos hojas. unidas por una cerradura central con el cerrojillo en el lado derecho. La cruz de Santiago, a la izquierda, aparecía tallada frente a la Cruz de doble brazo que se disponía en la puertecilla de la derecha. Las hojas de higuera de la heráldica de Figueroa, junto a otros detalles completaba la decoración.
Extrajo la Cruz el comendador y la depositó en el altar, Por el reverso, una lámina de chapado de plata sobredorada, le reforzaba la estructura. Por el anverso, dejábase ver franco el madero de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo.
Oraron ante ella y la veneraron con suma devoción. Luego la ofrecieron a los acompañantes y asistentes al acto. Tendría una longitud de seis pulgadas y media, aproximadamente y cuatro y tres pulgadas, respectivamente, los brazos de la Cruz.
Cuando Gonzalo puso sus labios sobre el santo madero, sintió un escalofrío que le recorrió toda la espina dorsal. Aquello ya lo había hecho. Pero no conseguía recordar cuándo. Salvo las festividades de la Cruz y el Jueves Santo, no se daba a veneración pública a la Santa Cruz. Debió ser en alguna de esas fechas.
Volvieron a depositar la Cuz en el arca y la cerraron.
La depositó en el Sagrario y se dio por finalizada la ceremonia, después de rezar un Credo Niceno.
Rigoberto y Gonzalo se despidieron de Beltrán, que quedó asombrado de lo maduro que había visto a Rigoberto. Sólo habían pasado unos meses y el cambio era significativo.
Descendieron hacia la plaza del Concejo, donde les esperaba el hermano de Rigoberto, cuidando de los animales adquiridos. Se reunieron todos y partieron hacia Majarazán
Cuando los padres vieron la recua de animales que Rigoberto había conseguido, se echaron a llorar. Abrazaron a su hijo, agradeciéndole aquella importante compra con la que llenaron las cuadras. El hermano mayor, Tiburcio, segó hierbas para alimentar a las bestias y llenó de agua los abrevaderos.
Por la tarde, después de la segunda comida, su hermano Suero, el segundo en el orden, habló con Rigoberto.
—Hermano, quiero ir con vos, Cuando os hagáis caballero podéis nombrarme vuestro escudero —le dijo, Suero.
Rigoberto, dudó. Desconocía si estaba en condiciones de hacerse cargo. Pero, enternecido por la súplica de su hermano, que tanto había pasado en el cautiverio, aceptó. Ya le darían algún oficio. El problema era la cabalgadura para regresar. No tenía dinero para adquirir un caballo. Así que regresarían compartiendo el suyo, montados los dos en uno.
A la mañana siguiente partieron hacia Benidorm. Se despidieron de sus padres, hermano y hermana y regresaron por el mismo itinerario de ida. Haciendo noches en Molina la Seca y Castalla.
Gonzalo, en Castalla, pidió permiso para visitar la fortaleza, para intentar reconocerla. Le fue autorizado, previo pago por Rigoberto a algunos miembros de la guardia de unas monedas. Pero fue inútil. No le despertaba nada en su memoria.
La tarde siguiente llegaron a Benidorm.
—Hemos regresado acompañados de nuestro hermano Suero, don Alonso —le refirió Rigoberto. Y hemos de intentar darle un oficio. Pretende que, cuando vos me arméis caballero, yo le nombre mi escudero.
—De momento, se incorporará a la guarnición. Ya iremos viendo —respondió don Alonso. Y, ahora, id a ver a Raquel, que os estará aguardando ansiosa. Y luego echadle un ojo a vuestros animales, que han estado muy abandonados estos días.
(Continuará...)
Cuánta documentción debe haber detrás para pergeñar estos textos con tantos datos de castillos, poblaciones, personajes... Interesante.
ResponderEliminarEstoy segura de ello.
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